Mercedes Ruiz Garijo: ¿Puede ser la rebaja de la fiscalidad de las rentas del trabajo de las mujeres una medida efectiva para alcanzar la igualdad de género?

[Post núm. 634, de 13 de noviembre de 2014]

¿Puede ser la rebaja de la fiscalidad de las rentas del trabajo de las mujeres una medida efectiva para alcanzar la igualdad de género?

Mercedes Ruiz Garijo

Profesora Titular de Derecho Financiero y Tributario. Universidad Rey Juan Carlos

Desde hace ya algunos años, la igualdad de género es una de las preocupaciones más importantes para los poderes públicos y para el conjunto de la ciudadanía. Tanto a nivel nacional como a nivel internacional se han venido aprobando normas jurídicas, documentos e informes que hacen más que aconsejable luchar contra las desigualdades entre mujeres y hombres, especialmente la desigualdad de oportunidades que se produce en el ámbito laboral o empresarial. El mantenimiento de las mujeres en el espacio privado, al cuidado de descendientes y descendientes, y las diferentes dificultades con las que nos encontramos para acceder al espacio público son, tanto a corto como a largo plazo, un impedimento para el crecimiento económico de un país, supone la infrautilización de recursos humanos y una injusticia social y política en la medida en que las diversas formas de discriminación (brecha salarial, invisibilidad en los espacios de decisión política y económica, violencia de género, etc.) nos sitúa en una especie de ciudadanía de segundo grado lo cual incide, a su vez, en la calidad y autenticidad de nuestra democracia.

En el contexto que acabo de describir, los impuestos son una de las principales medidas utilizadas por el legislador para favorecer la igualdad de género. Son medidas que se han denominado “de acción positiva” permitidas al amparo del artículo 11 de la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres. En nuestro país se han aprobado deducciones estatales y también autonómicas en el IRPF (deducción para mujeres trabajadoras, para el fomento del autoempleo de las mujeres, por ayuda doméstica, para gastos de guarderías, por la realización por uno de los cónyuges de labores no remuneradas en el hogar, etc.) que se tratan de justificar en la consecución de la igualdad entre mujeres y hombres. El principal reproche que se ha hecho a estas deducciones es que solamente favorecen a las rentas medias y altas (que son las que tienen obligación de declarar en el IRPF) y que no son herramientas eficaces para luchar contra las desigualdades en la medida en que sus cuantías son muy reducidas, no se hace un diagnóstico previo de la situación anterior y posterior a su establecimiento (es decir, no se realizan presupuestos públicos con clave de género) y, en definitiva, no dejan de tener una finalidad electoral, meramente política. Se ha añadido, de este modo, que el auténtico compromiso con la igualdad de género debería venir de la mano de ayudas directas, vía gasto público social, que garantice la prestación gratuita y universal de determinados servicios, como los de guardería o cuidado de personas mayores, servicios esenciales para poder conciliar la vida laboral y familiar de mujeres y hombres.

En relación con lo anterior, no obstante, también se ha afirmado que no es la falta de servicios de cuidado solamente lo que mantiene alejadas a las mujeres del mercado laboral sino la división sexual del trabajo. Es decir, una división de las tareas del hogar desequilibrada. En países como EE.UU. o Gran Bretaña, que tienen pocos servicios de cuidado, las tasas de ocupación de mujeres son mayores que la nuestra (si bien mayores tasas de ocupación no equivalen a mayores tasas de igualdad). Por el contrario, en países escandinavos, donde la cobertura de servicios es mayor, sin embargo, el mercado laboral de las mujeres está fuertemente segregado. Por otro lado, la afirmación de que la solución al problema de ocupación de las mujeres está solamente en los servicios públicos parece dar por descontado que deben ser las mujeres quienes debemos encargarnos del cuidado de descendientes y ascendientes. En definitiva, los servicios públicos son un remedio pero no solucionan la raíz del problema.

Una de las propuestas para favorecer la ocupación laboral de las mujeres, y luchar contra las diferentes formas de discriminación existentes en el ámbito laboral, fue realizada por ALESINA, ICHINO y KARABARBOUNIS (el primero y el tercero de la Universidad de Harvard y el segundo de Bolonia) en el año 2008, consistente en establecer impuestos sobre las rentas del trabajo de las mujeres de cuantía inferior a la de los hombres (puede verse en http://www.lavoce.info/perche-e-utile-tassare-meno-le-donne/ y en http://www.oecd.org/els/42029340.pdf). Esta propuesta fue, incluso, parcialmente incorporada, con no muy buena fortuna (en la medida en que, en mi opinión, no fue suficientemente explicada ni fundamentada), en los programas de algún partido político de Italia y de nuestro país.

Algunos años han transcurrido desde dicha propuesta pero me ha parecido que todavía puede ser interesante, digna de ser analizada y debatida, ya que se trataba de un estudio de base empírica, mediante el uso de simuladores económicos, procedente de la literatura académica de dos Universidades prestigiosas como Harvard y Bolonia. Así, los citados autores partían de la siguiente premisa, que paso a resumir de forma breve: de acuerdo con la teoría de la imposición óptima, un gobierno debería gravar menos los bienes y servicios que tienen una mayor elasticidad en la oferta. A partir de esta premisa, observaban cómo el mercado laboral de hombres es menos elástico, a diferencia del de las mujeres, que es más elástico. Esto significa que los hombres no reducen su oferta de trabajo a pesar de que la retribución disminuya (ya que parece importarles más su “potencial de crecimiento en cuanto a salario y promoción”), mientras que las mujeres comienzan a trabajar más cuando su retribución aumenta, de modo que cuando la retribución está por debajo de la de los hombres, o por debajo del coste de los servicios de cuidado de descendientes y ascendientes, suelen ser las que dejan de trabajar (movidas, también, por razones culturales e históricas que han marcado los roles de género). Una prueba de este razonamiento, en mi opinión, la encontramos también en el actual contexto de crisis económica en el que muchas mujeres han retornado al hogar porque les resulta menos rentable trabajar por una remuneración escasa y tener que gastar más en pagar servicios de guardería y del hogar.

El problema, pues, de la escasa ocupación de las mujeres no es para estos autores tanto un problema de oferta, sino de demanda. A partir de aquí, su propuesta consistía, a grandes líneas, en la reducción de la fiscalidad de las rentas del trabajo de mujeres. Porque, en su opinión, una política que quiera reducir la presión fiscal para estimular el crecimiento económico, debe concentrar esa reducción fiscal en las mujeres. Al reducir los costes fiscales de la incorporación laboral de las mujeres se daría un aumento de las bases imponibles (de la riqueza) generadas por las mujeres.

La siguiente pregunta que surge a partir de esta propuesta es cómo compensar la falta de ingresos derivados de la reducción de la fiscalidad de las rentas del trabajo de las mujeres. Pues bien, para ALESINA, ICHINO y KARABARBOUNIS, si no fuese posible compensar esta reducción con recortes al gasto público inútil, la menor tributación se podría compensar con la elevación de las alícuotas progresivas sobre las rentas obtenidas por los hombres. Esta medida, en el ámbito familiar, no significaría una mayor tributación ya que el tipo de gravamen medio sería el mismo. Igualmente, debería procederse a la eliminación de los denominados “incentivos fiscales por esposa dependiente” (como son los regímenes de tributación conjunta) que existen en algunos ordenamientos jurídicos. Todas estas medidas, para los citados autores, podrían favorecer a largo plazo un cambio en la organización de la familia y la auténtica conciliación de la vida laboral y profesional. La menor producción doméstica por parte de las mujeres, dedicadas al trabajo remunerado, llevaría aparejada la incorporación de los hombres al trabajo doméstico (a quienes no les interesaría trabajar tanto en la medida en que tendrían que pagar más impuestos) y un reparto equitativo de las tareas (también, en su opinión, la elasticidad de la oferta de trabajo de mujeres y hombres devendría similar). En definitiva, se produciría todo un cambio de paradigmas y un cambio en los roles tradicionales de género.

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